Aquella tarde, Santiago no entró en la consulta con prisa, pero tampoco con calma; traía ese tipo de cansancio que no se percibe en el cuerpo sino en la mente, ese desgaste que se acumula cuando uno siente que está sosteniendo una vida que funciona… pero no encaja.
Se sentó frente a Javier, apoyó las manos sobre las rodillas y, sin rodeos, dejó caer una frase que parecía más una rendición que una reflexión:
—Tengo la sensación de que mi vida podría ser distinta… pero no encuentro el momento para cambiarla.
Javier no respondió de inmediato. Lo observó con esa mirada que no juzga, pero tampoco suaviza, y tras unos segundos de silencio que invitaban más a pensar que a hablar, le devolvió la frase con un ligero matiz:
—No estoy seguro de que no encuentres el momento, Santiago… creo que más bien no estás dispuesto a asumir lo que implica ese cambio.
Santiago levantó la mirada con cierta incomodidad, no porque no entendiera lo que Javier decía, sino precisamente porque lo entendía demasiado bien y, aun así, había construido durante años una narrativa distinta para justificarse.
—No es tan sencillo —respondió—. Hay responsabilidades, hay compromisos, hay una estructura que no puedo romper de un día para otro… no es solo una cuestión de querer.
Javier asintió lentamente, como quien reconoce la lógica aparente de ese argumento, pero sin validarlo del todo.
—Lo que planteas es razonable, pero déjame preguntarte algo desde otro lugar: si mañana tu empresa desapareciera, si tu puesto dejara de existir, si las condiciones externas que hoy utilizas como argumento cambiaran de forma radical… ¿seguirías diciendo que no puedes cambiar tu vida?
Santiago se quedó en silencio. No era una pregunta difícil de entender, pero sí incómoda de sostener, porque desplazaba el foco desde las circunstancias hacia la decisión personal.
—No —respondió finalmente—. En ese caso, no tendría opción.
—Ahí está la clave —continuó Javier—. No es que no puedas cambiar… es que mientras tengas la posibilidad de no hacerlo, eliges no hacerlo.
Santiago frunció el ceño, no tanto en desacuerdo como en resistencia.
—¿Entonces me estás diciendo que todo esto es una elección?
—No exactamente —corrigió Javier—. Te estoy diciendo que es una no-elección, y que no elegir es, en sí mismo, una forma de elegir, probablemente la más cómoda, pero también la más costosa a largo plazo.
Santiago se inclinó ligeramente hacia delante, como si empezara a implicarse de verdad en la conversación.
—¿Costosa en qué sentido?
—En el sentido de que te mantiene en una vida que no has diseñado conscientemente, sino que has ido sosteniendo por inercia, por compromiso externo y, en muchos casos, por miedo a perder lo que ya tienes.
—Pero es que perder lo que tienes… no es un tema menor —replicó Santiago—. En el ámbito empresarial lo vemos constantemente: decisiones que implican renunciar a estructuras, a equipos, a inversiones… no se toman a la ligera.
—Efectivamente —respondió Javier—, y sin embargo, en el ámbito empresarial se entiende algo que en el plano personal muchas veces se ignora: hay momentos en los que no decidir es más arriesgado que decidir.
Santiago guardó silencio unos segundos, como si esa idea necesitara asentarse.
—Explícalo —pidió.
—Una empresa que detecta que su modelo de negocio está obsoleto, pero decide no transformarse por miedo a perder lo que ha construido, en realidad no está protegiendo su estructura… la está condenando a desaparecer lentamente. En cambio, una empresa que asume el coste de reinventarse, aun sabiendo que va a perder parte de lo que tiene, está apostando por su continuidad.
Santiago asintió con claridad.
—Eso es cierto. Lo vemos todos los días.
—Bien —continuó Javier—. Ahora llévalo a tu vida personal. ¿En qué punto estás tú? ¿Protegiendo lo que tienes… o evitando asumir el coste de transformarlo?
La pregunta quedó suspendida en el aire.
—Creo que… estoy protegiendo —respondió Santiago, aunque su tono no transmitía convicción.
Javier lo miró fijamente.
—¿O estás evitando perder?
Santiago bajó la mirada.
—Probablemente ambas cosas.
—Y eso es lo que te mantiene donde estás —añadió Javier—. Porque no se trata de falta de tiempo, se trata de falta de disposición a pagar el precio de una decisión.
Santiago respiró hondo.
—¿Y cuál es ese precio, exactamente?
—Renunciar a lo que ya no encaja, aunque haya funcionado durante años; asumir que no todo lo que has construido tiene que acompañarte al siguiente nivel; y, sobre todo, aceptar que no puedes avanzar sin perder algo por el camino.
—Eso es lo que más cuesta —reconoció Santiago—. En la empresa, cuando tomas decisiones estratégicas, sabes que hay un impacto, pero hay un análisis detrás; en la vida personal… es mucho más emocional.
—Porque no tienes un comité de dirección que te ayude a decidir —respondió Javier—, pero sí tienes algo más potente, aunque menos utilizado: tu conciencia.
Santiago sonrió levemente.
—Eso suena bien, pero en la práctica… no siempre es tan claro.
—No lo es —admitió Javier—. Porque la conciencia no siempre habla en términos de seguridad, habla en términos de coherencia, y la coherencia muchas veces incomoda.
—¿Te refieres a hacer lo que sabes que tienes que hacer… aunque no te convenga a corto plazo?
—Exactamente. Y ese es el punto donde la mayoría de las personas se detienen. No porque no sepan qué hacer, sino porque no quieren asumir lo que implica hacerlo.
Santiago se recostó ligeramente en el asiento.
—Entonces, según tú, el problema no es que no tenga tiempo para cambiar… sino que no quiero dejar atrás lo que tengo.
—Más que no querer —matizó Javier—, diría que no estás preparado para soltarlo. Y no estar preparado no es un defecto, es un estado… pero si se prolonga demasiado, se convierte en bloqueo.
—¿Y cómo se sale de ahí?
Javier se tomó un instante antes de responder, como si eligiera con cuidado las palabras.
—Primero, dejando de engañarte con argumentos que suenan razonables pero no son verdaderos. Decir “no tengo tiempo” es más cómodo que decir “no quiero asumir este cambio ahora mismo”.
Santiago asintió lentamente.
—Eso es duro… pero es cierto.
—Segundo —continuó Javier—, entendiendo que el tiempo no resuelve nada si no hay una decisión detrás. Puedes esperar años, y si no eliges, tu vida no va a cambiar por sí sola.
—Eso también lo veo en la empresa —añadió Santiago—. Hay proyectos que se quedan en análisis eternos… y nunca se ejecutan.
—Exacto. Y lo mismo pasa contigo. Estás en fase de análisis permanente.
—Y eso me da una falsa sensación de control —añadió Santiago.
—Porque te permite no decidir —concluyó Javier—.
El silencio que siguió fue más largo, pero también más claro.
—Entonces… —retomó Santiago—, ¿la clave está en decidir, aunque no tenga todas las garantías?
—Siempre —respondió Javier—. Porque las garantías no existen. En el mundo empresarial lo sabes: ninguna decisión estratégica viene con certeza absoluta, pero aun así se toman, porque no tomarlas es, en sí mismo, un riesgo mayor.
Santiago asintió con convicción.
—Y en lo personal debería ser igual…
—Debería serlo, pero no lo es, porque en lo personal el coste emocional pesa más que el análisis racional.
—Entonces, en el fondo… —dijo Santiago, casi en voz baja— no es que no tenga tiempo…
Javier completó la idea con serenidad:
—Es que no has decidido qué estás dispuesto a dejar atrás.
Santiago levantó la mirada, esta vez con una claridad distinta.
—Y mientras no lo haga… seguiré sintiendo que mi vida no avanza.
—No solo eso —añadió Javier—. Seguirás invirtiendo tiempo en algo que ya no quieres sostener, y eso, a largo plazo, es lo más caro que puedes pagar.
Santiago guardó silencio, pero esta vez no era un silencio de duda, sino de comprensión.
—Creo que hoy no salgo con una solución —dijo finalmente—, pero sí con algo más incómodo… y más necesario.
—¿El qué? —preguntó Javier.
—La certeza de que no necesito más tiempo… necesito más honestidad conmigo mismo.
Javier asintió levemente.
—Y esa es la base de cualquier cambio real, tanto en una empresa como en una persona: la capacidad de mirar la realidad sin maquillarla… y decidir desde ahí.
Santiago se levantó despacio, como si el peso que llevaba no hubiera desaparecido, pero sí hubiera cambiado de forma.
Antes de salir, se giró hacia Javier.
—Supongo que ahora la pregunta no es cuándo voy a cambiar…
Javier lo miró con una leve sonrisa.
—Sino qué estás dispuesto a dejar atrás para hacerlo.
Santiago asintió, esta vez sin resistencia.
Y por primera vez en mucho tiempo, no sintió que le faltara tiempo.
Sintió que le sobraban excusas.
Principio del formulario
Final del formulario
Si te gustan estas temáticas, suscríbete al canal de YouTube Cambia el Chip Mental, www.youtube.com/@cambiaelchipmental, en el que abordan temas apasionantes relacionados con la psicología, la filosofía, el coaching y el crecimiento interior.
Si te gusta, compártelo con quien creas que lo puede necesitar
José Pomares
+ 34 620971455


