Siempre me han gustado las metáforas, las alegorías y las fábulas para poder reforzar las ideas a la hora de transmitir un conocimiento.

Si bien es cierto que en ocasiones nos acomodamos a que también nos expliquen hasta la moraleja, cuando creo que la conclusión final es propiedad de cada uno y es nuestra obligación sacar nuestras propias reflexiones y aprendizajes

“Cuentan que un sabio explicaba siempre una parábola al finalizar cada clase, pero los alumnos no siempre la entendían. “Maestro”, le dijo uno de ellos una tarde. “Tú nos cuentas los cuentos pero no nos explicas su significado”.

“Pido perdón por eso”, se disculpó el maestro. “Permíteme que para enmendar mi error te invite a comer una rica manzana”. “Gracias maestro”, respondió el alumno. “Quisiera, para agasajarte, pelarte la manzana yo mismo. ¿Me permites?” “Sí, muchas gracias

“¿Te gustaría que, ya que tengo en mi mano el cuchillo, te la corte en trozos para que te sea más cómodo?”, le preguntó seguidamente el sabio. “Me encantaría, pero no quisiera abusar de tu generosidad, maestro”.

“No es un abuso si yo te lo ofrezco. Sólo deseo complacerte. Permíteme también que te la mastique antes de dártela.” Y el alumno, con cara de asco, gritó nervioso: “¡No maestro! ¡No me gustaría que hicieras eso!”

El sabio hizo una pausa y concluyó: “Si yo os explicara el sentido de cada cuento, sería como daros de comer una fruta masticada.

Y es que en ocasiones pienso que es tan fácil opinar y requiere tanto esfuerzo el reflexionar, que la opinión se ha comido al pensamiento, y somos muy ligeros a la hora de responsabilizarnos no ya solo de nuestras acciones, sino también de nuestras ideas, que cada vez son menos nuestras y más de las que nos dirigen.

A mi gran maestro Fred Kofman le escuché por primera ver narrar este cuento popular.

Cuentan que en cierta ocasión una hambrienta tigresa embarazada vio un rebaño de ovejas. En su afán por conseguir comida, corrió y corrió hasta lograr matar a una de ellas. Pero fue tanto el esfuerzo que hizo, que dio a luz a su tigrecito y murió.

Todo el rebaño volvió tranquilamente a seguir pastando. El tigrecito, que no tenía espejo, pensó al ver a todas las ovejas que era una más del rebaño, y se puso a vivir como ellas. Todas las mañanas pastaba, hacía lo que le decía la oveja jefe, obedecía sus órdenes y, como buena oveja, se limitaba a hacer lo que hacían las demás.

Así pasaron algunos meses hasta que un día apareció un tigre adulto. Al ver el rebaño se dispuso a matar a una de ellas, pero al contemplar que uno de los suyos estaba llevando vida de oveja no lo pudo soportar, y al mismo tiempo logró con sus fauces llevarse a la oveja que acababa de matar y al tigrecito a la orilla de un rio.

Y allí le dijo al tigrecito … mírate, mírate en el reflejo del agua y mira quién eres. Y el tigrecito se quedó asombrado cuando se dio cuenta que se parecía a más a esa fiera que acababa de ver por primera vez que no a todas sus hermanas blancas con las cuales había convivido tanto tiempo

Al momento, el tigre adulto arrancó un trozo de carne de la oveja y se la dio a probar al tigrecito.

Al principio, después de unos meses comiendo hierba, al tigrecito ni tan siquiera le supo bien la nueva comida, pero obviamente y según iba masticando, se iba asombrando de lo buena que estaba.

Por último, el tigre adulto le dijo al tigrecito: y ahora tienes que hacer esto “Grrrrrrrr” invitándole a que rugiera tan fuerte como pudiera.  Y el tigrecito, con todas sus fuerzas gritó “Beeeeeeeee” una y otra vez, hasta que a la cuarta o quinta intentona el tigrecito dio un gran rugido ya que en verdad era un tigre

Y ese rugido fue el que le hizo ver al tigrecito que había venido a este mundo a ser tigre, no a ser oveja.

Al principio el tigrecito se puso muy contento de por fin saber quién era.

Pero algo le advirtió el tigre adulto; a partir de ahora, que ya eres consciente de quién eres, sabes que la responsabilidad es exclusivamente tuya, ya no podrás quejarte ni echar las culpas a quien te dirige, sino que toda tu vida depende de ti

El tigrecito se dio cuenta que al ser ya dueño de su vida solamente él era responsable de las actuaciones que fuera a llevar en adelante

Las personas “ovejas” viven sin responsabilidad sobre sus actos, son las circunstancias las que mandan. Piensan que no pueden influir en el camino de su propia vida y se convierten en víctimas de lo que los otros deciden.

Esa es la diferencia entre vivir en formato oveja, que siempre podremos culpar a otro de nuestras propias actuaciones, a vivir en formato tigre, en el cual somos conscientes de que exclusivamente de nosotros depende nuestra responsabilidad

Las personas “tigres” se conocen, asumen su responsabilidad y toman decisiones. En este caso, en muchas ocasiones sufren la frustración de ver que sus objetivos no son alcanzados y que sus decisiones y acciones no siempre van a tener el resultado deseado. Pero tienen la capacidad de aprender de lo sucedido y tomar la decisión de iniciar un nuevo camino para convertirse en la persona que quieren ser, sin victimismo.

Aún así, siempre es conveniente rodearnos de mentores de los que podamos aprender, y de maestros que nos den lecciones de vida para aplicar.

El burro le dijo al tigre: «La hierba es azul«.

El tigre respondió: «No, la hierba es verde«.

La discusión se calentó, y los dos decidieron someterlo a un arbitraje, y para ello concurrieron ante el león, el Rey de la Selva.

Ya antes de llegar al claro del bosque, donde el león estaba sentado en su trono, el burro empezó a gritar:

«Su Alteza, ¿No es cierto que la hierba es azul?

El león respondió: «Cierto, la hierba es azul».

El burro se apresuró y continuó:

«El tigre no está de acuerdo conmigo y me molesta, por favor, castígalo».

El rey entonces declaró: «El tigre será castigado con 4 años de silencio».

El burro saltó alegremente y siguió su camino, contento y repitiendo:

“La hierba es azul” …

«El tigre aceptó su castigo por 4 años, pero antes le preguntó al león».

«Su Majestad, ¿por qué me ha castigado?, después de todo, la hierba es verde».

El león respondió: «De hecho, la hierba es verde».

El tigre preguntó: «Entonces, ¿por qué me castigas?»

El león respondió: «Eso no tiene nada que ver con la pregunta de si la hierba es azul o verde. El castigo se debe a que no es posible que una criatura valiente e inteligente como tú pierda tiempo discutiendo con un burro, y encima venga a molestarme a mí con esa pregunta».

Jamás pierdas tiempo en discusiones que no tienen sentido… Hay personas que por muchas evidencias y pruebas que les presentemos, no están en la capacidad de comprender y otras están cegadas por el ego y lo único que desean es tener la razón aunque no la tengan.

Tu paz y tu tranquilidad valen más.

José Pomares

pomares@josepomares.es

www.josepomares.es

+ 34 620971455