Santiago tenía ansías por hablar con Javier. La semana había sido dura. En el trabajo, la dirección le había propuesto hacerse cargo de liderar a un equipo. Lo que en un principio pudiera parecer una buena noticia, le estaba dando quebraderos de cabeza ya que se encontraba perdido a la hora de afrontar ese reto. No era tan sencillo dirigir personas como él había supuesto. Y en la relación que mantenía con Ana, su pareja, percibía que no avanzaba de la manera que pensaba o que a él le gustaría.

Javier, comenzó Santiago mientras reflexionaba, ya que quería poner palabras a sus pensamientos con el mayor rigor posible. Por la experiencia que tienes, ¿cuál crees que es la mejor forma de dirigir a las personas? O dicho de otra manera, ¿cómo te gustaría que en una relación laboral o personal te trataran?

Javier se percató que Santiago quería tratar sus dos conflictos con la misma pregunta. Sabía, por anteriores sesiones, de su intranquilidad tanto en el tema laboral como personal.

Santiago, respondió Javier. Si algo te valen mis palabras, lo puedes aplicar a cualquiera de tus dos entornos. Eso es decisión tuya. Y ya que me has preguntado a mí, debes tener claro que las respuestas son mías, lo que no quiere decir que tengas que pensar igual que yo.

Mira, quien esté conmigo quiero que me cuide, claro que sí, pero que eso no signifique anularme. Que su cuidado haga que explore dentro de mí, que me ayude a sacar mi mejor versión, e igualmente que me permita equivocarme. La humildad consiste en callar nuestras virtudes y permitirle a los demás descubrirlas. Pero el autodescubrimiento es el mayor de los aprendizajes, y eso es labor tuya trabajarlo.

Y ese cuidado significa que esté a mi lado para reconocerme cuando así lo considere y reprenderme con ternura en aquellos momentos en lo que flojeé y decaiga. En la vida hay dos tipos de personas. Los que edifican y los que ponen piedras. Y cuando tenga que corregirme que lo haga sin resentimiento, que es como un veneno que tomamos a diario a gotas pero que finalmente nos termina envenenando. Y muy propio en las relaciones de poder.

Eso es lo que intento hacer, Javier, pero a veces me cuesta mucho tanto motivarles como encontrar en mi la pasión y las fuerzas para seguir adelante cuando las cosas no salen como yo esperaba.

Bueno, continuó Javier. Eso implica mi deseo de que mi jefe o mi pareja me motive sin necesidad de empujarme, de permitir marcar mi ritmo a sabiendas de que nadie somos iguales y lo importante es visualizar la meta sin la obsesión de seguir el ritmo del otro. La unidad en lo esencial, que debe existir, no implica la uniformidad de las actuaciones. Con libertad. Y no hay una sola libertad; está la libertad del hacer, que se refiere a nuestros actos y actuaciones, y la libertad del ser que hace referencia a nuestra esencia, única e intransferible.

¿Y cómo podría saber cuándo me estoy pasando, dándoles excesiva libertad?, preguntó Santiago.

Para saber elegir bien, prosiguió Javier, hay que decidir y prescindir bien. La libertad es el privilegio de elegir lo mejor, no lo fácil. Se exalta la libertad en el hacer, pero se nos está olvidando enseñar y educar en la libertad de ser mejores personas. Por ello en lo esencial tiene que existir unidad, en lo importante libertad y en todo generosidad.

Ya, pero cuando intento ayudar, en ocasiones me dicen que o bien no necesitan esa ayuda o que les deje libertad para hacer su trabajo, respondió Santiago.

Javier notó que la respuesta no sólo iba dirigida a su equipo sino que igualmente tenía ese problema con Ana.

¿Sigo diciéndote lo que me gustaría que hicieran conmigo? le interrumpió Javier al mismo tiempo que esbozaba una sonrisa.

De esa forma te podrás acercar a mí pero sin invadir mi espacio. Siempre he defendido que en toda relación tienen que existir límites, y cuando se sobrepasan uno es más tendente a repetir que a rectificar. En ocasiones uno piensa, de buena fe, que debo meterme dentro de los límites que nos hemos puesto. La casuística es infinita, pero si crees que es lo que debes hacer, al menos pide permiso para entrar. Porque hasta para ayudar debes pedir autorización previamente, ya que en caso contrario pensarán que te estás metiendo donde no te llaman.

Y si quieres pensar en Ana, así la podrás abrazar sin asfixiarla. Seguro que ella no quiere que la abraces ni la beses mucho, sino bien. Es verdad que todo inicio empieza deseando más cantidad. Pero hay un paso posterior, donde no todas las relaciones perviven, que da paso a la calidad y a la calidez. Y el amor es una construcción diaria, igual que el trabajo que tienes que hacer con tu equipo, concluyó Javier.

¿Y tengo que lograr una relación de amistad o de amor con mi equipo? preguntó Santiago intentando centrarse en su trabajo más que en Ana, ya que se dio cuenta que Javier se había percatado.

En el caso de tu equipo no te pagan para que seáis amigos. Pero sí es conveniente que haya intimidad.

¿Intimidad? inquirió Santiago

La intimidad es pasar de una dualidad a una íntima unidad entre las personas. De ese modo todo lo que das a otros te lo estás dando a ti mismo. Y todo lo que abandonas te acaba abandonando a ti. El peor de los pecados es el de omisión, no aquello que has hecho mal sino aquello que has dejado de hacer pudiendo ser capaz de hacerlo

¿Y cómo logro que confíen en mí? le interrumpió Santiago.

Javier, analizando su respuesta pues ya era hora de concluir la sesión, respondió.

Con transparencia en tu mente, ternura en tu corazón y dándote tiempo en las actuaciones.

De esta forma confiarás en mí sin tener que exigirme, porque la confianza no implica contraprestación ya que es una entrega. Y la entrega no se exige, se regala. Confiar no es algo que se tenga como objetivo hacer, sino que te pasa con determinadas personas como si surgiera la magia.

Y sin confianza no hay transparencia, simplemente apariencia. No hay convicciones, sino conveniencias. Sin confianza a la gente le podemos interesar, pero no importar. De todas las cosas que podemos perder en la vida, la que más cuesta recuperar es la confianza

Y con confianza podemos opinar, pero no imponer. Como quiero que hagan conmigo. De esa forma también podrás escucharme sin necesidad de juzgarme. Y hacerlo con tacto porque en caso contrario, prejuzgamos antes de poder explicarnos

¿Y para la próxima sesión me podrías ayudar a hablar mejor? concluyó Santiago

Javier sabía de sus problemas con Ana ya que le había manifestado que se sentía en ocasiones acomplejado porque pensaba que se no explicaba bien. Supuso que lo mismo ocurría con su equipo. Aunque ya había finalizado la sesión, no quiso dejar la pregunta en el olvido, por lo que concluyó diciendo:

El secreto de la convivencia no es hablar mucho, sino que el otro se sienta mejor escuchado. Quienes están a nuestro alrededor nos escuchan, pero mucho más nos miran. Habla, pero sobre todo da ejemplo. El mundo cambia con tu ejemplo, no con tu opinión. Cuando para ti tienen más valor las opiniones de los demás que las tuyas propias, te transformas, te anulas y sufres, pero de eso ya hablaremos más adelante.

José Pomares

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