Santiago se disponía a ver nuevamente a Javier. En esta ocasión se notaba en su rostro que le había ido bien en este lapsus de tiempo desde su última visita

Había logrado que sus jefes confiaran en él y su relación con Ana mejoraba.

¿Sabes Javier?, comenzó Santiago. Tengo que agradecerte estas sesiones contigo. Quería preguntarte si prestar ayuda a los demás es un tema vocacional en ti o te ha ido gustando conforme has practicado tu profesión.

He dedicado gran parte de mi vida a ayudar a la gente, Santiago. Mi trabajo me lo hace fácil, me permite conocer personas, las escucho y les aporto lo que en conciencia pienso, ya sea desde la perspectiva personal o profesional, que siempre van unidas.

Eso acarrea una doble consecuencia.

Por un lado, tienes que aprender a controlar el ego, ya que en ocasiones te crees más un fin que un medio para el progreso y mejora de las personas

Por otro lado, todo lo que en esta vida no entrenas, es difícil que tengas el arte de saber manejarlo. O dicho de otra forma, todo lo que tu abandonas, te acaba abandonando a ti.

¿Y a ti quien te ayuda?, preguntó Santiago consciente de que todos necesitamos de alguien por fuertes que parezcamos.

Todos deberíamos tener al lado una especie de entrenador que nos fuese corrigiendo y avisando en los momentos que nos salimos del plan trazado, contestó Javier. Un buen mentor te exige de ti más de lo que tú te exigirías. Necesitamos alguien que nos desafíe, que nos rete, que nos lleve al límite. Encontrar a alguien que te obligue a hacer aquello que no te apetece o te da miedo hacer, que te exija salir de tu zona de confort, a ser más disciplinado, a dar la cara y asumir tu responsabilidad, a hacer que las cosas sucedan, a ser capaz de desplegar toda tu potencialidad.

Llegué a un punto de tanto escuchar al ajeno, prosiguió Javier, que me era muy complejo saber hablar de mí, porque ni lo practicaba ni pensaba que lo necesitaba. A sabiendas que nadie puede con todo.

Santiago reflexionó. Claro, le dijo a Javier, es que ayudar es precioso, pero pedir ayuda no es tan sencillo, concluyó. Te lo dice uno por experiencia

Todos tenemos problemas Santiago, respondió Javier, y los problemas de uno son los más importantes. Y en cierto momento de tu vida, como el humano es un ser interrelacional, no basta con uno mismo para saber ver la solución a su conflicto, y es conveniente pedir opiniones y descubrir puntos de vista distintos al pensamiento unidireccional que tenemos. Pero a mí me costaba reconocer que alguien me pudiera ayudar ya que el ego estaba en todo su esplendor.

Siempre he dicho que para que una relación, del tipo que sea, pueda tener porvenir, se tienen que dar las siguientes circunstancias: que te quieran bien, no de cualquier modo, que te aporten ya que en caso contario te vas a aburrir, que te valoren porque si no buscarás la valoración en otras puertas y, por si todo lo anterior no fuera ya complejo, que sepan sacar tu mejor versión.

Pues conociéndote un poco, respondió Santiago, demasiado complicado para que tu pidieras ayuda y que diera sus frutos, concluyó esbozando una irónica sonrisa a Javier.

Sin embargo, le interrumpió Javier, como reza la canción de Serrat, “de vez en cuando la vida nos besa en la boca y nos sentimos en buenas manos” y tuve la inmensa suerte de que una persona especial llegara a mi vida y me diera cuenta que podía ayudarme.

Anda, que curioso, dijo Santiago. Sigue, sigue hablando de ti por una vez que me interesa jajaja.

Ahora quedaba la segunda parte, la más complicada, comentó Javier. Tenía que pedir ayuda. ¿Por qué digo la más difícil? Porque tenía que desnudarme ante la vida y hablar de mí. Ahí me di cuenta que pedir ayuda es precioso por los valores que desenmascara.

El ego muere, prosiguió Javier. Uno no puede con todo. Tus creencias que tanto tiempo has llevado contigo, pueden ser erróneas o al menos hay otras visiones que tu ceguera te impedía ver. El mundo que te creaste, el que te dijeron, puede tener otras miradas. Tus carencias han hecho tapar y ocultar tus debilidades buscando parches que se disolvían a la primera riada de la vida, y quizá descubres que te enseñaron a sobrevivir, no a vivir, y que vivimos de opiniones carentes de reflexión y pensamiento que nos creemos a base de que nos las repitan desde que nacemos.

¿Y de todos esos valores cual es para ti el más importante?, preguntó Santiago

La humildad. La humildad es una virtud humana atribuida a quien ha desarrollado conciencia de sus propias limitaciones y debilidades, y obra en consecuencia. Nos predispone a cuestionar aquello que hasta ahora habíamos dado por cierto.

Ser humilde es el resultado de conocer nuestra verdadera esencia, más allá de nuestro ego. En la medida que cultivamos la humildad, nos es cada vez más fácil aprender de las equivocaciones que cometemos, comprendiendo que los errores son necesarios para seguir creciendo y evolucionando.

¿Y a partir de ahí te fue más fácil entender los pensamientos y emociones de tus clientes? Y otra cosa, Javier, ¿Te es fácil que la gente se abra a ti para contarte sus preocupaciones o estados anímicos? preguntó Santiago.

Cuando lidias con personas recuerda que no estás lidiando con criaturas de lógica si no con criaturas de emociones, respondió Javier. Primero gánate el corazón y sólo después la cabeza.

Emoción, continuó Javier ante la atenta mirada de Santiago, significa la energía que mueve e impulsa. No hay emociones malas o buenas sino que aparecen al tener contacto con la realidad o con los recuerdos. Y así me arrastran o impulsan mi vida, ya que funcionan como un campo magnético. Y se convierten en una expresión fisiológica normalmente percibida por los demás.

Ya te he comentado que el triángulo de la conciencia humana está compuesto por el pensar, el sentir y el actuar. En este caso, en el pensar se situará la percepción de la realidad, cómo veo la vida, en el sentir la sensibilidad de ésta, es decir cómo vibro con la vida, lo que nos llevará a responder o reaccionar en nuestras actuaciones.

Mira Santiago, las emociones y los sentimientos están ubicados en la sensibilidad. Y las emociones son a la sensibilidad lo mismo que las olas al mar. Suben y bajan constantemente. Nos hacen sentir agitados o en paz. Y de acuerdo con cómo percibamos la realidad, así va a ser nuestro oleaje. Podemos reaccionar ante la vida o responder a los acontecimientos que nos ocurran. El secreto está en unir los pensamientos a las emociones.

Si a cualquier emoción le sigue un pensamiento positivo, conseguiremos, con nuestra conciencia que siempre piensa en plural, responder con un pensamiento y sentimiento positivo. Si por el contrario a la emoción se le adhiere nuestro ego, que siempre piensa en singular, reaccionaremos con un pensamiento y un sentimiento negativo.

Ya te empiezo a entender, respondió Santiago. ¿Sabes lo que pienso, Javier? Que creo que aún me faltan muchas cosas para estar contento conmigo mismo.

Javier se le quedó mirando. Y le respondió.

¿Te faltan o te sobran?

No te entiendo que quieres decir, interrumpió Santiago.

Se cuenta, le dijo Javier, que una vez le preguntaron a Miguel Ángel como lograba crear sus maravillas de mármol. Miguel Ángel respondió que se limitaba a “quitar lo que sobra” en el bloque, pues él ya veía la obra que contenía la mole.

Aplicado a la propia existencia, este método puede ser muy eficaz, ya que muchas veces lo que necesitamos es depurar nuestra vida de aquello innecesario o directamente perjudicial, lo cual incluye algunas actitudes y hábitos.

Entra en ti mismo y mira, prosiguió Javier para concluir la sesión… Si no te encuentras bello, haz como el creador de una estatua a la que debe conferir hermosura, quitando por aquí, alisando por allá, suavizando tal línea, haciendo más pura tal otra, quita todo lo que sobre, pon recto lo torcido, ilumina lo oscuro y encamina tus esfuerzos a que todo brille. Nunca dejes de labrar tu estatua, Santiago. Todo está dentro de ti y depende de ti.

A partir de ahora creo que trabajaré en mi mucho mejor, respondió Santiago mientras se despedía de Javier. Sé lo que es ayudar y pedir ayuda.

José Pomares

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