Lo importante no es cuánto tiempo estás, sino cuánto aportas.

Hay jefes que siguen creyendo que el mejor trabajador es el primero que llega a la oficina y el último que se marcha. Personas que valoran más las horas que sus empleados permanecen sentados delante de un ordenador que los resultados que realmente consiguen. Directivos que parecen sentirse más tranquilos cuando ven todas las mesas ocupadas, aunque no siempre sepan qué está haciendo cada persona, qué está aportando o si ese tiempo se está utilizando de manera inteligente.

Y me pregunto: ¿desde cuándo permanecer mucho tiempo en un lugar significa necesariamente estar haciendo bien las cosas?

Imaginemos a dos trabajadores. Ambos llegan a las ocho de la mañana. El primero organiza su jornada, establece prioridades, evita distracciones innecesarias y consigue terminar sus responsabilidades con calidad y eficacia. A las tres de la tarde ha cumplido sus objetivos. El segundo comienza el día sin demasiada planificación, interrumpe constantemente sus tareas, participa en reuniones interminables, dedica tiempo a cuestiones poco importantes y termina saliendo de la oficina a las siete de la tarde. Sin embargo, en determinadas empresas, este último puede ser considerado un ejemplo de compromiso, mientras que el primero corre el riesgo de ser visto como alguien que tiene demasiada prisa por marcharse.

Resulta paradójico. Hemos conseguido que, en algunas organizaciones, la eficiencia pueda parecer una falta de implicación y que la ineficiencia, convenientemente prolongada, termine disfrazándose de responsabilidad.

No pretendo defender que trabajar menos horas sea necesariamente mejor, ni cuestionar la importancia de cumplir los horarios y las obligaciones profesionales. Hay actividades en las que la presencia es imprescindible y puestos de trabajo en los que atender a una persona, mantener un servicio o garantizar una producción exige estar disponible durante un tiempo determinado. Pero una cosa es cumplir responsablemente con nuestras obligaciones y otra muy distinta considerar que el número de horas que pasamos en una empresa constituye, por sí solo, la medida de nuestro compromiso.

Porque estar en el trabajo no siempre significa estar trabajando, del mismo modo que trabajar muchas horas no significa necesariamente trabajar mejor.

Quizá una de las razones por las que algunos jefes conceden tanta importancia a la presencia es que resulta mucho más sencillo medir el tiempo que medir los resultados. Saber a qué hora llega alguien y cuándo se marcha no requiere grandes conocimientos de dirección. Basta con mirar el reloj. Sin embargo, valorar su verdadera contribución exige algo bastante más complejo: definir objetivos, establecer prioridades, conocer las capacidades de las personas, evaluar la calidad de su trabajo y comprender qué valor aportan a la organización.

Y ahí aparece una cuestión incómoda: ¿cuántos directivos controlan escrupulosamente los horarios de sus empleados porque no han aprendido a dirigir mediante objetivos y resultados?

Hay empresas en las que parece importar más que nadie se marche antes que el jefe que el hecho de haber terminado correctamente las responsabilidades del día. Organizaciones donde permanecer hasta última hora se convierte en una especie de demostración pública de lealtad, como si el compromiso pudiera medirse por la cantidad de vida personal que estamos dispuestos a sacrificar.

Pero el compromiso no consiste en demostrar que la empresa es lo único importante en nuestra vida. Consiste en responder con profesionalidad, responsabilidad y honestidad a aquello que hemos asumido.

Una persona puede ser extraordinariamente comprometida con su trabajo y, al mismo tiempo, querer llegar a casa para estar con sus hijos, compartir una conversación con su pareja, practicar deporte, leer un libro o, sencillamente, disfrutar de su tiempo. No existe ninguna contradicción entre ambas cosas. Es más, una empresa que necesita que sus trabajadores renuncien permanentemente a su vida personal para demostrar su compromiso debería preguntarse si está gestionando correctamente sus recursos y sus prioridades.

Y esto me lleva a una reflexión que trasciende el mundo empresarial.

ESTAR JUNTOS NO SIEMPRE SIGNIFICA ESTAR CERCA

En las relaciones de pareja sucede algo parecido. A veces confundimos la cantidad de tiempo que compartimos con la calidad de nuestra relación. Podemos pasar muchas horas bajo el mismo techo y, sin embargo, apenas encontrarnos de verdad.

Dos personas pueden compartir una casa, una mesa, una cama y una rutina durante años, pero haber dejado de compartir aquello que realmente sostiene una relación: la atención, la escucha, la complicidad, la curiosidad por el otro y el deseo de seguir descubriéndose.

¿Cuántas parejas pasan una tarde entera juntas sin mantener una conversación que vaya más allá de las obligaciones cotidianas? ¿Cuántas veces confundimos acompañar con estar al lado, escuchar con oír o compartir tiempo con ocupar el mismo espacio?

Podemos estar sentados junto a la persona que queremos mientras nuestra atención permanece atrapada en el teléfono móvil, en las preocupaciones del trabajo o en cualquier otra cosa. Físicamente estamos allí, pero emocionalmente nos encontramos a kilómetros de distancia.

Y también puede ocurrir lo contrario. Una pareja que, por sus circunstancias profesionales o familiares, dispone de menos tiempo para compartir puede conseguir que determinados momentos tengan un enorme valor. Una conversación sincera, una cena sin interrupciones, un paseo en el que ambos se escuchan o veinte minutos de atención auténtica pueden aportar a una relación mucho más que una tarde entera de indiferencia compartida.

Porque no siempre importa cuánto tiempo estamos con alguien, sino cuánto de nosotros mismos ponemos en ese tiempo.

Ahora bien, tampoco debemos engañarnos. La calidad no puede utilizarse como excusa para justificar una ausencia permanente. Una relación necesita tiempo, del mismo modo que una empresa necesita dedicación. No podemos pretender construir una relación profunda ofreciendo únicamente unos minutos de atención ocasional, por muy intensos que sean. La calidad necesita oportunidades para manifestarse, y esas oportunidades requieren tiempo.

Pero el tiempo, por sí solo, no construye nada.

Es lo que hacemos con él lo que termina dando sentido a nuestras relaciones.

EL ERROR DE CONFUNDIR PRESENCIA CON COMPROMISO

Volvamos a la empresa.

Hay algo especialmente preocupante cuando una organización empieza a premiar a quienes permanecen más horas en lugar de reconocer a quienes trabajan mejor. Sin darse cuenta, puede estar enviando un mensaje profundamente equivocado.

Imaginemos a un empleado que aprende a organizarse, mejora sus procedimientos y consigue realizar en cinco horas un trabajo que anteriormente necesitaba ocho. Ha aumentado su productividad, ha desarrollado nuevas capacidades y está utilizando mejor los recursos de la empresa. Sin embargo, si su recompensa consiste únicamente en recibir más tareas, mientras que quien continúa necesitando ocho horas mantiene exactamente las mismas responsabilidades, ¿qué estamos enseñando?

Estamos enseñando que ser eficiente puede tener un castigo.

Y si, además, el jefe interpreta que quien termina antes tiene menos compromiso que quien prolonga innecesariamente su jornada, habremos conseguido algo todavía peor: convertir la apariencia de esfuerzo en un valor superior al resultado.

En determinadas culturas empresariales, parecer ocupado termina siendo casi tan importante como estarlo. Se multiplican las reuniones, se alargan las jornadas y se normaliza una actividad constante que no siempre se traduce en mejores resultados. Hay personas que sienten la necesidad de demostrar que están trabajando incluso cuando ya han terminado aquello que tenían que hacer.

Y quizá deberíamos preguntarnos si el verdadero problema no es que algunos empleados quieran marcharse demasiado pronto, sino que determinadas empresas siguen necesitando demasiadas horas para conseguir resultados que podrían alcanzar de manera más inteligente.

No olvidemos que la productividad también es responsabilidad de quien dirige. Un jefe que organiza mal, cambia constantemente las prioridades, interrumpe a sus colaboradores, convoca reuniones innecesarias o no sabe delegar puede convertirse en uno de los principales obstáculos para la eficiencia de su propio equipo.

Por eso, antes de preguntarse por qué sus empleados no trabajan más horas, algunos directivos deberían preguntarse qué están haciendo ellos para que las horas de trabajo sean verdaderamente productivas.

EL TIEMPO NO ES UNA PRUEBA DE AMOR NI DE LEALTAD

Existe otro paralelismo entre las empresas y las relaciones personales que me parece especialmente interesante: la tendencia a interpretar la disponibilidad permanente como una demostración de afecto o compromiso.

En algunas relaciones, uno de sus miembros puede llegar a pensar que, si la otra persona le quiere de verdad, debería querer pasar todo su tiempo con ella. Cualquier necesidad de espacio personal puede interpretarse como desinterés, cuando en realidad mantener intereses propios, amistades y momentos de independencia puede contribuir a construir una relación más sana.

En el mundo empresarial ocurre algo semejante cuando un jefe interpreta que un empleado que protege su tiempo personal está menos comprometido con la organización.

Pero ni el amor exige renunciar a nuestra individualidad ni el compromiso profesional debería exigir renunciar a nuestra vida.

Una relación madura necesita confianza. Una organización bien dirigida, también.

Confiar en nuestra pareja no significa exigirle que nos demuestre constantemente dónde está o qué está haciendo. Del mismo modo, confiar en un colaborador no significa vigilar cada minuto de su jornada, sino establecer responsabilidades claras, facilitar los medios necesarios y comprobar que los compromisos se cumplen.

Naturalmente, la confianza no elimina la responsabilidad. En una empresa existen horarios, obligaciones, necesidades de coordinación y resultados que deben alcanzarse. En una pareja también existen compromisos, acuerdos y necesidades que merecen ser atendidas. La cuestión no consiste en sustituir la responsabilidad por una libertad sin límites, sino en comprender que la confianza se construye mediante comportamientos, no mediante demostraciones permanentes de presencia.

Y quizá uno de los mayores errores que podemos cometer, tanto en el trabajo como en nuestras relaciones personales, sea confundir controlar con cuidar.

Controlar puede darnos una sensación momentánea de seguridad. Cuidar exige algo mucho más difícil: conocer, escuchar, comprender y confiar.

NO SE TRATA DE HACER MÁS, SINO DE HACER QUE IMPORTE

Vivimos en una sociedad que con frecuencia identifica el valor de las personas con su nivel de actividad. Admiramos a quien nunca tiene tiempo, a quien siempre está ocupado, a quien responde correos a cualquier hora y a quien parece incapaz de detenerse. Como si vivir permanentemente acelerados fuera una demostración de importancia.

Pero estar ocupado no es lo mismo que ser productivo, del mismo modo que estar acompañado no significa necesariamente sentirse querido.

Podemos llenar nuestra agenda de reuniones y no tomar ninguna decisión importante. Podemos dedicar horas a un proyecto y no avanzar en aquello que verdaderamente importa. Podemos pasar años al lado de alguien y dejar de prestarle atención.

El problema no siempre es la falta de tiempo. En muchas ocasiones es la falta de conciencia sobre cómo lo utilizamos.

Por eso creo que deberíamos aprender a hacernos preguntas diferentes.

En lugar de preguntarnos cuántas horas hemos trabajado hoy, quizá deberíamos preguntarnos qué hemos conseguido, qué hemos aprendido, qué hemos mejorado o a quién hemos ayudado.

En lugar de preguntarnos cuánto tiempo hemos pasado con nuestra pareja, quizá deberíamos preguntarnos si la hemos escuchado, si hemos mostrado interés por aquello que le preocupa, si hemos conseguido que se sienta acompañada o si hemos dedicado algún momento a cuidar aquello que nos une.

No porque la cantidad carezca de importancia, sino porque la cantidad solamente adquiere verdadero valor cuando está acompañada de calidad.

Y esto también debería hacernos reflexionar sobre nuestras prioridades. Hay personas que dedican tantas horas a conseguir una buena vida que terminan quedándose sin tiempo para vivirla. Profesionales que persiguen el éxito con tanta intensidad que apenas disfrutan de aquello que ese éxito pretendía proporcionarles.

A veces trabajamos más para ganar más, ganar más para vivir mejor y, cuando queremos darnos cuenta, hemos sacrificado precisamente el tiempo que necesitábamos para disfrutar de lo conseguido.

LA VERDADERA MEDIDA DE NUESTRO TIEMPO

Siempre he pensado que dirigir bien una empresa y construir buenas relaciones personales tienen más cosas en común de las que inicialmente imaginamos. Ambas realidades necesitan responsabilidad, confianza, respeto, comunicación y una atención que no puede medirse exclusivamente con un reloj.

Un buen directivo no debería sentirse satisfecho simplemente porque sus empleados permanecen muchas horas en sus puestos. Debería preguntarse si están consiguiendo buenos resultados, si están desarrollando sus capacidades, si trabajan en un entorno saludable y si la organización está utilizando inteligentemente el talento del que dispone.

Y una persona que quiere cuidar su relación de pareja tampoco debería conformarse con compartir muchas horas. Debería preguntarse qué está haciendo para que ese tiempo fortalezca la relación, mantenga viva la complicidad y permita que ambos sigan creciendo juntos.

Porque el tiempo tiene una particularidad que lo diferencia de casi todo lo demás: no podemos recuperarlo. Podemos recuperar dinero, reconstruir proyectos y encontrar nuevas oportunidades, pero las horas que hemos dejado pasar no regresan.

Quizá por eso deberíamos dejar de utilizar el reloj como única medida de nuestra dedicación y empezar a prestar más atención a lo que hacemos con cada hora.

Porque, al final, lo importante no es solamente cuánto tiempo dedicamos a nuestra empresa, a nuestra pareja o a las personas que queremos. Lo verdaderamente importante es qué aportamos, qué construimos y qué dejamos en ellas durante ese tiempo.

Y puede que esa sea una de las grandes lecciones que todavía nos queda por aprender: no se trata de llenar nuestra vida de horas, sino de conseguir que nuestras horas estén llenas de vida.

P.D. Hay algo que siempre me ha llamado la atención de la cultura laboral de países como Finlandia. Allí, por lo general, marcharse del trabajo a la hora establecida se considera algo perfectamente normal. Se valora la puntualidad, la eficiencia y la capacidad de cumplir los compromisos sin necesidad de prolongar habitualmente la jornada. Quedarse más tiempo no constituye automáticamente una demostración de mayor compromiso.

No significa que trabajar horas extraordinarias esté mal visto en todas las empresas finlandesas, ni que quien las realiza sea considerado un mal profesional. Pero sí refleja una manera diferente de entender el trabajo: lo importante no es demostrar cuántas horas somos capaces de permanecer en la oficina, sino qué conseguimos durante nuestra jornada.

Y quizá deberíamos hacernos una última pregunta: ¿por qué en algunas empresas admiramos tanto a quien necesita doce horas para hacer un trabajo y valoramos tan poco a quien consigue hacerlo bien en ocho?

A veces, el verdadero progreso no consiste en trabajar más horas, sino en aprender a necesitar menos para conseguir mejores resultados.

José Pomares

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