Es posible que debido a la buena fama que tiene la esperanza, el mensaje que hoy les quiero transmitir les pueda resultar al menos confuso. Miren, tal y como nos han enseñado a vivir la esperanza creo que es el antecedente de la frustración.

Etimológicamente esperanza viene de espera, y mientras esperamos caemos en la pasividad e incluso asumimos que las cosas tienen que ocurrir sin nuestra participación activa. Lo contrario a la esperanza es el deseo, que es el detonante que hace que nos movilicemos. Por ello la esperanza te detiene en una espera inútil siendo además la madre de todas las desilusiones. En definitiva, la esperanza es amiga de la muerte y el deseo un aliado de la vida.

Vamos a analizar la reflexión anterior.

Toda esperanza se alimenta de tres factores. Hace que seas impotente para actuar, no puedes disfrutar mientras existe esa esperanza pasiva ya que hasta que no se concrete tu ilusión no la puedes vivir y además, no depende de ti que se cumpla.

“Tengo la esperanza de que esta situación laboral mejore”, “tengo la esperanza de que él/ella vuelva conmigo”… ¿les suena? El problema es que en ese estado dejo de ir en búsqueda de lo que quiero y me abandono a la esperanza.

Ya sea en una pérdida de empleo o de amor, lo primero que uno tiene que admitir es que debe pasar un duelo. Pero para comenzarlo, se debe reconocer que uno perdió algo importante. En caso contrario te quedarás esperando que suceda y sin tu participación activa. No es motivo de este artículo, pero el duelo no es el olvido, el duelo es no morirte tú con tus muertos.

Por ello siempre defenderé el fracaso ante la esperanza. El primero duele, pero te permite aprender, aceptar la vida y ponerme en movimiento. Con la esperanza entras en un letargo que además los tiranos utilizan como excusa. Cuando alguien no te puede dar una solución te pide que tengas esperanza.

Cuando en la situación laboral actual me dicen “tengo esperanza de que esto acabe pronto” no hago más que repetir que no deje la solución de sus problemas a los factores externos, que no pare de luchar, y no sé si mis deseos de salir de esta crisis harán que reflote o fracase, pero al menos gran parte de mis actuaciones van a depender de . Tenga menos esperanzas con lo que pase afuera y más deseos de ponerse usted en marcha. Por mi parte, voy a hacer todo lo posible para que mis deseos se cumplan. La vida no sabe de merecimientos sino de actuaciones.

Y de esa forma no tendremos que prolongar la felicidad… “seré feliz cuando…”

En este punto es cuando podemos afirmar que el mejor aliado de la esperanza es el miedo. No hay miedo sin esperanza ni esperanza sin miedo. Pero no hay que apostar a las soluciones mágicas y sí convertirnos en arquitectos de nuestro propio destino. Y si tus deseos te salen mal, no suspendas tu vida y la pongas en las decisiones de otros, porque mientras tanto pasa el tiempo y la vida solo es tiempo y jugar con el tiempo es jugar con la vida. ¿Problema? Que es más fácil quejarse y esperar que arriesgarse al fracaso y trabajar. Es verdad que el deseo muchas veces es incómodo, pero es una incomodidad que te mantiene vivo.

Y si le sale mal, no se sienta nunca culpable. Culpable se es de un delito o de un pecado. Del resto solo eres responsable. Y por delante de usted pasa la vida y por detrás la historia, y si no eres responsable de tu vida y la lideras, alguien lo hará por usted.

Decía Sartre que somos lo que hacemos con lo que otros hicieron de nosotros. Intentemos que con muchos deseos y abandonando la esperanza pasiva cada vez seamos más responsables para forjar nuestro porvenir.

Dos ejemplos de abandonar la esperanza y luchar con nuestros deseos.

La primera historia es de sobra conocida. La tragedia de los Andes ocurrida en 1972. Estuvieron más de 70 días en la nieve, comiéndose unos a otros. Lo único que se salvó del accidente fue una radio. Un día estaban escuchándola y oyeron que la búsqueda de supervivientes de la tragedia quedaba anulada ya que era imposible encontrarlos con vida. Todos se pusieron a llorar, excepto Nando Parrado y Roberto Canessa. Empezaron a dar signos de alegría. Creyeron que se habían vuelto loco. Sin embargo ellos dijeron… por fin ¡¡¡ hemos estado como unos idiotas esperando que vinieran, y la solución es que nos toca a nosotros ir a buscarles ¡¡¡… y así les encontraron.

Y para finalizar quédense con este cuento y su moraleja.

Un día una joven, dando un paseo por el monte, vio sorprendida que una pequeña liebre le llevaba comida a un enorme tigre malherido que no podía valerse por sí mismo. Le impresionó tanto al ver este hecho, que regresó al siguiente día para ver si el comportamiento de la liebre era casual o habitual. Con enorme sorpresa pudo comprobar que la escena se repetía: la liebre dejaba un buen trozo de carne cerca del tigre.

Pasaron los días y la escena se repitió de un modo idéntico, hasta que el tigre recuperó las fuerzas y pudo buscar la comida por su propia cuenta.
Admirada por la solidaridad y cooperación entre los animales, se dijo: “No todo está perdido. Si los animales, que son inferiores a nosotros, son capaces de ayudarse de este modo, mucho más lo haremos las personas”.

Así que la joven decidió rehacer la experiencia… se tiró al suelo, simulando que estaba herida, y se puso a esperar que pasara alguien y la ayudara. Pasaron las horas, llegó la noche y nadie se acercó en su ayuda. Siguió así durante todo el día siguiente… y el siguiente. Ya se iba a levantar, con la convicción de que la humanidad no tenía el menor remedio, cuando sintió dentro de sí todo el desespero del hambriento, la soledad del enfermo y la tristeza del abandono.

Su corazón estaba devastado, ya casi no tenía fuerzas para levantarse. Entonces allí, en ese instante, oyó… una voz, muy dentro de ella, que decía: “Si quieres encontrar a tus semejantes, si quieres sentir que todo ha valido la pena, si quieres seguir
creyendo en la humanidad… deja de hacer de tigre y simplemente sé la liebre”.

Les deseo de corazón un buen dia.

JOSÉPOMARES

Profesor, coach, conferenciante y consultor de empresas. Solucionador de problemas , optimizador de tiempos.

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